La asfixia económica en la que se encuentra Cuba no es nueva, sino el resultado de una élite que, por décadas, se ha enquistado en el poder. La esperanza de millones de cubanos de que la acción estadounidense conduzca a un cambio en la isla solo puede entenderse por la tibieza con la que las democracias occidentales han tratado al castrismo.La crisis que lacera desde hace varios años a la nación cubana no puede explicarse por las continuidades o vaivenes de la política exterior estadounidense. Se trata, por el contrario, de una crisis estructural cuyas causas son esencialmente endógenas: el fracaso de un modelo estatista y las decisiones regresivas en inversión productiva, gestión pública, redistribución social y participación política impulsadas por La Habana. Las decisiones de Washington, por su poder y cercanía, impactan sin duda el destino de los cubanos. Pero no lo determinan.
Precisar ese orden causal importa no solo por rigor analítico, sino por sus efectos políticos. Cuando el foco de la explicación se desplaza hacia Estados Unidos como causa principal, se vuelve más fácil reducir la responsabilidad del régimen y normalizar formas de complicidad pasiva de actores internacionales que invocan la soberanía de Cuba mientras soslayan su realidad.
La escala de la tragedia
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